Quemar libros es una cosa muy literaria. La protagonista piensa en ello justo cuando empieza a calmarse, una vez leído el correo que la trabajadora del departamento de derechos de autor de la editorial en la que publicó su primer libro le ha mandado para informarle, precisamente, de que se disponen a quemar ochocientos ejemplares de su obra. Asunto: “Solicitud de destrucción parcial”.
Para una europea criada en la veneración del conocimiento y la lectura —no tanto en el hábito del conocimiento y la lectura—, la quema de libros resulta herética. Por el contrario, cuando estás acostumbrada a leer mucho, los libros son como cubiertos: importantes pero no sagrados. En las casas de enciclopedias y diccionarios, como la suya, los libros se respetaban sin ser tocados. A la protagonista todo esto le suena a Fahrenheit 451. Leyó el libro de Ray Bradbury cuando iba al instituto. Recuerda que imaginó los libros como si fuesen lingotes de oro: puro conocimiento prensado. Hoy día sabe que hay libros de más y menos quilates, y que la lectura no asegura la absorción de conocimiento ni el ensanchamiento del alma.
Ahora que lo recuerda, su editora le dijo que la quema de libros era una práctica habitual. Debido a la insensata cantidad de novedades que se publican cada año, las grandes editoriales acumulan copias de todos esos ejemplares junto a las del año pasado, y el anterior, y así sucesivamente. En consecuencia, el almacenamiento se ha convertido en un coste curvilíneo que con el paso del tiempo disminuye la rentabilidad del producto. Dicho de otro modo, les sale más a cuenta reimprimir ejemplares de su libro que conservarlos en un almacén.
En el mail se dejan claras las opciones que tiene la protagonista: “Sabemos que algunas de estas ediciones pueden tener para ti un valor especial. Por eso, queremos ofrecerte la oportunidad de conservar algunos ejemplares para tu uso personal mediante una de estas dos modalidades (excluyentes entre sí)”. Imagina esas ochocientas copias ardiendo, el sudor de su frente ardiendo, ella misma carbonizándose en la pira. Como no tiene coche, elige que le manden dos cajas con un total de cien ejemplares.
El día en que las recibe, se deleita con el espacio que ocupan las cajas en el recibidor. Su trabajo tiene volumen. Al cabo de unas horas, arrastra las cajas hasta su despacho. Pesan y eso le da placer. Las semanas siguientes, mientras trabaja, mira de reojo esos cubículos de su alma precintados. Después observa a su gato rasgando el cartón nuevo con las uñas, barre los trozos varios días seguidos, hasta que una mañana se pregunta qué diantres va a hacer con todas esas copias. Podría venderlas en Wallapop. Eso aumentaría su margen de beneficio por cada libro vendido (de 1,82 euros pasaría a cobrar 8). Pero si publica demasiados anuncios, podría generar una saturación del mercado: los lectores adquirirían su obra por menos de la mitad del precio de venta, con lo que se estaría boicoteando a sí misma. La clave, concluye la protagonista, es alcanzar un equilibrio óptimo. Venderlos a cuentagotas.
Saca fotos de la cubierta y la contracubierta relucientes. Escribe el título, su nombre, y añade la palabra “NUEVO”. Ahora, una descripción del producto que suene como si la escribiera el target más probable de su novela, una feminista de Instagram. “Es la historia de bla bla bla. Engancha. Lo vendo porque ya lo tenía. Me encantó!”. Al fin podrá concentrarse en su trabajo, piensa, aunque cuando empiezan a llegar los primeros likes, los primeros regateos, se da cuenta de que no esperaba tanto interés, no tan rápido. Es el boca-oreja, piensa. En la editorial quieren quemarla y mira por tú por dónde: justicia poética.
Los primeros tres ejemplares los vende por correo. Se pregunta qué pasaría si las compradoras supieran que es la misma autora quien empaqueta su libro en una bolsa de papel, corta la cinta aislante con los dientes y hace cola en correos con aspecto de adicta al crack. Está contenta con el pequeño sobresueldo que obtiene directamente de su arte, pero le satisface aún más su astucia. Wallapop es la economía real.
Todo va bien hasta que le toca realizar una entrega en persona. Antes de salir a la calle, la protagonista se hace un moño y se coloca las gafas de sol. ¿Y si la compradora la reconociera? ¿Qué imagen daría que una autora por la que alguien tiene curiosidad, o quizá incluso respeta, vendiera sus propios libros en Wallapop? Se rompería toda la magia. Mientras baja las escaleras, se le ocurre que a muchas de sus lectoras les gustaría comprar un ejemplar firmado, dos euritos más caro, o tomar un café con ella. Media hora de charla en el bar de la esquina. Para esas ocasiones, claro está, elegiría un atuendo respetable. Probablemente se pondría gafas y utilizaría un reloj de ajedrez como cronómetro, a modo de toque pintoresco. En el último tramo de escaleras, siente como si alguien le cascara un huevo de avestruz dentro de la cabeza. Se detiene. Siente el frío de las claras en las sienes, una enorme yema deslizándose hacia abajo, obstruyendo la garganta. Es posible que acabe de hackear el sistema. “La escritora que aprovechó los excesos del capitalismo para redistribuir la riqueza entre los autores miserables”. La gente haría cola para asistir a los encuentros cronometrados, que luego la protagonista convertiría en libros de relatos. Nadie se enfadaría por aparecer en los libros, todo lo contrario, valorarían su honestidad brutal, el hecho e exponerse a una mente liberada. Las editoriales la odiarían, pero su fama haría que le ofrecieran contratos millonarios. Abre la puerta: en la calle le espera la lectora número cero. No sabe que es la primera piedra de un imperio.



Buenas Alba, gran post. Una lástima lo de la quema de los ejemplares y la sobre saturación del mercado editorial a día de hoy. La verdad, como no entiendo mucho del mundo editorial, es que no sé si Wallapop es la mejor solución. Pero seguro que es mejor vender o intentar vender los ejemplares que quemarlos (que seguro que también tiene un coste).