Tengo la suerte de ser autónoma y tener dos trabajos y medio, y que uno de ellos consista en gestionar la comunicación de una histórica asociación cultural feminista de Barcelona. Es un trabajo del que me he quejado desde el principio. Quiero decir que ahora apenas me quejo, pero antes sí, mucho. Recuerdo la pereza me daba la programación, con su plantel de ponentes jubiladas y sus temas de 2010, su forma pseudo asamblearia de funcionar, tan poco eficiente, o el hecho de que me preguntaran el horóscopo nada más conocerme, por no hablar de las caras de alarma cuando un varón entraba en las instalaciones. Casi todas mis compañeras eran mayores que yo y tenían una visión del mundo un tanto maniquea, parecían querer atrincherarse en un espacio que por otro lado era realmente agradable, un edificio histórico con techos altos y grandes ventanales, con plantas y galletitas y muchos tipos de té siempre disponibles.
La historia del lugar es realmente interesante. En 1909, Francesca Bonnemaison, pedagoga y traductora de obras de Dante que luego su marido firmaba, creó la primera biblioteca pública para mujeres de toda Europa, y un centro educativo pionero para las barcelonesas. No lo hizo porque sí: como católica y de familia burguesa, su cometido era realizar obras de caridad —era una época en la que los ricos debían aportar algo para ganarse el respeto social—, así que empezó a dar clases de lectura y escritura en una pequeña parroquia, a las que al principio asistían principalmente obreras analfabetas del sector textil.
El éxito fue tal que un año más tarde Bonnemaison constituyó el Instituto de Cultura Popular, una escuela que ganó tal prestigio que empezaron a acudir las hijas de familias acomodadas. Recapitulemos: allí se juntaban obreras analfabetas —estamos en los últimos coletazos de la Rosa de Foc, Barcelona como epicentro anarquista y de luchas obreras— con señoritas que sólo tenían permiso para salir solas de casa si iban al Institut. En aquellas aulas se ofrecía formación, a precio simbólico, en fotografía, biología, delineación, matemáticas, cocina, arte floral y manualidades. Tenían excelentes profesores. Se hacían excursiones a la montaña y concursos de poesía. El interés de una mujer religiosa y conservadora en culturizar a las mujeres y ofrecerles herramientas de emancipación dio lugar a un espacio pionero feminista, intergeneracional e interclasista. En palabras de la propia Bonnemaison, su intención fue crear un “espacio donde combinar lo útil con lo agradable”. Es curioso porque hoy en día, La Bonne, entidad heredera de esos valores, reúne entidades de mujeres cineastas, residentes en artes escénicas y audiovisuales y al Sindicato de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados.
Curioso no sería la palabra, me corregiría Isabel Segura, una de las historiadoras catalanas vivas más importantes y parte de “las sabias”, como llaman a la junta honorífica en La Bonne. Cómo describir a las sabias: conjunto de mujeres cultas por encima de los 65 años (muy por encima), abogadas, historiadoras, artistas. Pelo corto sin teñir, zapatillas deportivas, algún bastón, caras arrugadas y ni gota de maquillaje. Nutrido porcentaje de lesbianas. Las sabias son figuras constantemente mencionadas por las instituciones y los partidos políticos supuestamente de izquierdas, un poco como si ya hubieran muerto. Abren cualquier ventana y se ponen a fumar. Las reuniones, cortas. Internet, prohibido. Si grabo un vídeo de tres segundos con el móvil, se levantarán y me amenazarán como si hubiera sacado una pistola. Pedirán que lo borre de inmediato. Esto al principio me indignaba: cómo podían negarse a subir un vídeo de tres segundos de la reunión de todos los lunes, o las conferencias que ellas ofrecían como parte de la programación a Youtube: había que comunicarlo todo, hacer accesibles los recursos. Luego supe que las investigaciones de Segura fueron copiadas y vendidas con otro embalaje por culpa de internet.
Con el paso de los años me he dado cuenta de que la programación de la entidad, las redes sociales o la web eran lo menos importante. La Bonne está defendiendo uno de los últimos espacios públicos accesibles para creadoras quedan en el centro de Barcelona. La Diputación de Barcelona, su Área de Feminismos e Igualdad, copia todo lo que hacen pero invirtiendo el doble de recursos, y ahora intenta arrinconarlas en el edificio para aumentar el espacio de sus oficinas. Las sabias recuperaron el edificio para las barcelonesas en 2003, y ahora unas políticas autodenominadas de izquierdas intentan arrinconarlas, robarles la legitimidad.
En estos me doy cuenta del privilegio que es acompañar a las sabias en la que tal vez sea una de sus últimas batallas. Estas mujeres conservan algo de lo que las jóvenes carecemos: no temen a la institución y prefieren las guerras largas, traen tabaco y galletitas ecológicas con pasas.
Es repulsivo presenciar cómo el feminismo institucional intenta fagocitar y debilitar al feminismo de base. Las sabias siempre dicen que tendría que ser al revés, las políticas feministas tendrían que hacerlo todo para fortalecer las entidades de la sociedad civil que permanecerán en el tiempo, porque ellas, las representantes que ahora ocupan las instituciones, son temporales.
La burocratización, el cansancio aprendido y las distracciones digitales nos han tirado la vida a los pies, vivimos sin tiempo ni dedicación. Las sabias, en cambio, repiten que los actuales políticos son en su mayoría funcionarios mediocres, enemigos fáciles de batir. Se saben poseedoras de la razón y usan las herramientas legales a su alcance, porque las hay. Se sientan y estudian el caso. Hacen política, no activismo. No las conoce nadie.



💜 ¿Cómo hacemos para no perder todo lo que nos consiguieron? 😢
ALBA, tía. Feia molt que no et llegia. M'ha encantat. ❤️🩹