Fósiles politizados
Cuando aún no había amanecido, decidieron adentrarse en la selva y rastrear aquel fragor nocturno
C. vive en México desde hace demasiado. Sólo nos vemos cuando viene por Navidad, y no viene todos los años. En nuestros encuentros siempre parece que nada ha cambiado. C. sigue retorciendo su cuerpo larguirucho en la silla del bar, trenzando las piernas de esa manera intelectualoide que sólo en él no resulta impostada. Sigue fiel a sus peinados raros, entre fraile franciscano y ser de otra galaxia, aunque ahora con más canas. Nos miramos igual que hace veinte años —como a punto de reír aunque hablemos de cosas serias—. Me doy cuenta de que, de toda la pandilla, somos los que nos hemos mantenido el mismo formato, sin apenas actualizaciones: seguimos sin reproducirnos y vivimos como siempre, vestimos más o menos como siempre, hacemos lo de siempre. C. continúa con sus experimentos frikis entre la ciencia, el sonido y la poesía, aunque ahora trabaje como físico en la UNAM. Sigue enamorándose de artistas misteriosas de pelo corto. Yo continúo escribiendo a ramalazos, bailando demasiado. Trabajando demasiado.
La última vez que nos vimos, C. me contó que I. y él habían estado viviendo al norte de la Laguna de Bacalar, una zona de playas y estanques de Quintana Roo. Una noche los despertaron unos fuertes ruidos mecánicos que procedían de la selva. Los ruidos empezaron a repetirse, así que una mañana, cuando aún no había amanecido, decidieron adentrarse en la espesura y rastrear aquel fragor nocturno. Se dieron de bruces con las obras del Tren Maya, el proyecto multimillonario pensado para “unir el México más pobre con el más turístico”, según proclaman las autoridades. Hace años que el Tren Maya fue acusado plan ecocida, fue llevado a la justicia y enfrentó múltiples protestas, pero llegó un punto en que finalmente pudo sortear todos los obstáculos. El raíl rectísimo había empezado a partir dos el segundo pulmón de América Latina, y como I. y C. pudieron comprobar al tiempo que amanecía, estaba previsto que también circulase sobre la Laguna de Bacalar, uno de los mayores sistemas de cuevas sumergidas del mundo. Ahí, a escasos metros de sus caras insomnes, partían a trozos los troncos de árboles centenarios, como hormigas furiosas; un montón de máquinas insignificantes abatiendo auténticos castillos de madera viva. Al día siguiente volvieron para seguir observando a los operarios, qué más podían hacer que mirar lo que estaba sucediendo. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que bajo sus pies había fragmentos dispersos de cerámica, piezas que habían quedado a la vista por el paso de la maquinaria. No podían dejar que las grúas las convirtieran en polvo, pero si se las llevaban, podían acusarlos de robar restos arqueológicos.
A la mañana siguiente, I. y C. volvieron al lugar y llenaron sus mochilas con pedazos de vasijas ancestrales. Semanas después su casa parecía una cantera maya. ¿Qué hacer con esa montaña de ruinas? Al parecer, experta en cerámica antigua les aconsejó que convirtieran en polvo una parte de los fragmentos recolectados, para hacer nuevas cerámicas con esos barros. Los demás fragmentos debían ser clasificados y, eventualmente, compartidos con la comunidad. C. se sumió en la misión con amor y miedo. ¿Y si alguien los denunciaba? ¿Tenía sentido salvar pedazos de un mundo viejo a escondidas, para lanzarlos torpemente hacia el futuro? (Existe otra forma de aceptar una misión que quedar aprisionado por ella, comprometido, y al mismo tiempo, temeroso de lo que pueda suceder? ¿Si no tienes miedo, es una misión siquiera?) De esas preguntas, y de su trabajo lento con los materiales, fue naciendo un proyecto de investigación artística. I. y C. querían comprender los procesos extractivistas en la península, así como sus impactos ambientales y patrimoniales. Armaron bolsas de plástico con fragmentos de cerámicas y unos pergaminos con mensajes escritos en un código secreto, una especie de jeroglífico que ellos mismos se inventaron. El pergamino cuenta la historia de esos restos, de la civilización que los creó, y detalla lo que ha sucedido en la selva más recientemente, con unas coordenadas espacio-temporales. Por último, sumergieron las bolsas en diversos puntos de las cuevas inundadas, a la espera de que en un futuro muy lejano alguien o algo pueda descifrarlos.
Pienso en lo bello y lo triste de la obra de C. e I. Veo a dos humanos robando arte para salvarlo, proteger esas cerámicas es salvar la historia y el conocimiento que contienen de la aniquilación. Veo también a dos humanos creando un tesoro para una búsqueda del tesoro de verdad: tal vez dentro de miles de años esas bolsas con sus pergaminos terminen expuestas en un museo de otro planeta, o puede que mucho antes la Tierra estalle en mil pedazos y las cerámicas sean solo unos pedazos más de todos los pedazos que quedarán flotando en la negrura del espacio. Veo también a dos ciudadanos conscientes de la pérdida de tiempo que es pedir a las autoridades que protejan unos restos arqueológicos que entorpecen algo más valioso. Lo decía hace poco el sociólogo Manuel Castells: estamos en proceso de autodestrucción. La misma fuerza que usamos para huir de nuestras miserables vidas —pasando unos días en la Riviera Maya, por ejemplo— es la misma que nos borra lentamente. Somos la civilización que se ve caer. Me asombra todo este agotamiento, esta espera, que parezca que lo único que podemos hacer es recolectar pedacitos y preparar equipos de primeros auxilios. Quizá siempre se trató de eso, de resguardarse a la espera de la gran explosión, la gran tala, como fósiles politizados. Aunque en lo que más pienso, a decir verdad, es en qué metería yo en esa bolsa de plástico, qué escribiría en el pergamino.


