Escribir en catalán
Por suerte, el jet lag y el barullo de la feria mexicana difuminaron mi perfil de traidora
Escribo estas palabras castellanas para un periódico de Madrid. Las frases se encadenan sin dificultad en una lengua que me es familiar, que es mía. Escribo esta columna en el idioma en el que escrito todos mis artículos y reportajes, en el que redacté mi primer libro y en el que aprendí a leer, o en el que versaba el primer cuento en el que recuerdo sumergirme sola, asombrada, de niña —las palabras sonando en mi cabeza como por arte de magia—. Escribo este texto en la lengua en la que me habló siempre mi padre. No es, sin embargo, la única que poseo o que me posee a mí: mi madre me habla en catalán desde antes de que me escindiera de su cuerpo.
El bilingüismo de nacimiento es común en mi tierra, sobre todo en los alrededores de Barcelona, donde me crié. Podría resolver que en un primer tramo de mi existencia el castellano fue la lengua de la fascinación y el catalán la de la vida. Mi padre solía inventarse historias y mapas del tesoro. También se inventaba palabras. Cuando venía a darme el beso de buenas noches, transformado en una silueta a contraluz, pronunciaba neologismos de su creación con los que se refería al tipo de cosquillas que me administraría a continuación. Yo me meaba con solo oírlos: “Operación Melbourne”, “Torniquete”, “Achichole”. Mientras tanto, desde otra dimensión madre me ponía el termómetro en catalán, me esperaba a la salida de la piscina en catalán, me consolaba de los ataques de ira de mi padre en catalán. En catalán me comunico con mi hermano, con mi abuela, con mis tíos, con la mayoría de mis amigas cercanas y con mis compañeras de trabajo. Alguna vez me han preguntado en qué idioma pienso y me ha salido decir que supongo que en castellano, pero que no estoy segura, no me fío demasiado porque cuando pienso no me analizo ni me traduzco, sólo me comprendo. Hace poco me di cuenta de algo: a las criaturas y a los animales les hablo en catalán, sin mediación o atisbo de duda. Intuyo que esto me ocurre porque asoma en mí lo maternal. La pregunta que me hice entonces es cómo se construye una, cómo se compone una identidad hecha de dos colores de plastilina. Quizá en una primera fase de mi vida el castellano se proyectó hacia afuera y el catalán hacia adentro: este último impregnó todos mis órganos sin llegar a los huesos.
Hará cosa de dos años empecé a escribir guiones en catalán. A día de hoy he escrito más de noventa. Empecé a redactarlos sin prestar demasiada atención, concentrada en el encargo y exenta de la solemnidad que caracteriza la escritura de un libro, un poco como quien hace un sofrito lanzando a la sartén lo que tiene en la nevera. Cuando me percaté de la naturalidad con la que había procedido, me sorprendió pero tampoco me resultó extraño. A fin de cuentas, hablo catalán a todas horas, lo que no había hecho hasta entonces era usarlo para pensar y escribir. Emocionada por estos encajes y sutilezas, solicité una beca para escribir un librito en catalán. Mi idea era acompañar el proceso con un diario de escritura que prestara atención a los socavones léxicos, laberintos y membranas expresivas. Imaginé algo parecido a esas operaciones neurológicas en las que los cirujanos piden al paciente que no deje de tocar el violín. No todos los días una puede diseccionar su cerebro despierta y tecleando.
Esa beca me la denegaron, però el fil seguia allà, esperant a ser estirat. Hace poco volví de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL), a la que asistí como parte de la comitiva en representación de Barcelona. Me sentía como una polizona porque mi novela la escribí directamente en castellano, y la lógica me dice que la literatura catalana se escribe en catalán. Si un japonés escribe en catalán, está contribuyendo a la literatura catalana. Si una catalana escribe en castellano, inevitablemente conecta con otro corpus y otra tradición. Me sentí una polizona o quizá debería decir rehén de cierta mirada política que insiste en establecer un paisaje de coexistencia pacífica entre las dos lenguas, cuando hay una que se expande y otra que se muere, y cuando esa contienda no se da en las categorías de libros, sino en las personas. En nosotras, las escritoras. Y eso es lo bonic, ahí se halla el misterio de la zona pantanosa que no pocas habitamos. Para Anna Pazos, hablar más de una lengua desde la cuna es como acostumbrarse a crecer con padres separados, teniendo que ir de una casa a otra: “Siempre me ha intrigado la gente que no ha experimentado la fractura en el momento mismo de adquirir el lenguaje [...] ¿Qué tipo de certeza original debe de emanar de esto?”, escribió en un ensayo reciente de su Substack.
Por suerte, la confusión generada por el jet lag y el barullo de la feria mexicana difuminaron mi perfil de traidora. Los autores hicimos piña en la ciudad contaminada y alegre, y terminé sintiéndome más escritora catalana que nunca, o por primera vez, y eso sin haber hilado nada serio en esta otra lengua mía. Todo esto me hace pensar que la fuerza que atrae hacia un idioma es meramente emocional y poética, como la fascinación primigenia que sentí de niña.
En medio de la noche mexicana más larga, frente a una caterva de poetas catalanes ebrios, se alzaba una estatua de Sant Jordi con la espada cercenada. Conmovida, tomé una foto con el móvil, como una mujer adoptada que visita a su familia biológica por primera vez y de pronto entiende cosas que le cuesta poner en palabras.



Quines ganes de llegir el llibre, quan sigui
Vamos